Perdiste el avíon, era de noche y llevaron a un frío hotel de aeropuerto en que bajaste a cenar rápidamente algo ligero antes de acostarte. El restaurante estaba desangelado, era tarde y había poca gente. Te sentaste en el centro. A un lado había cuatro o cinco chicas, seguramente afazatas.
Al otro lado un par de pilotos y justo enfrente de tí un ejecutivo joven y guapo terminaba su cena.Pediste tu cena y entonces te diste cuenta de que el chico te miraba directamente.
Te trajeron la comida rápidamente y tú de vez en cuando le devolvías la mirada al chico, como no queriendo dejarte impresionar.
Con la mirada en tu ensalada fantaseabas con ese hombre que tenías a dos mesas de distancia y te resultó gracioso y agradable sentir tus braguitas de pronto mojadas. Te sonreiste para tí al sentirte mojada y le miraste para compartir esa sonrisa, como agradeciéndole que hubiese convertido una insípida cena en algo divertido y excitante. Te habías puesto cómoda para bajar a cenar. Un vaquero sobre las graguitas negras, unas chanclas, una camiseta y un jersey: después de muchas horas de trabajo te habías quitado el sujetador que te apretaba y sentías tus pechos libres.
Cuando te excitas te entran los calores. Y te quitaste el jersey para quedarte en camiseta. Me aseguras que sólo cuando ya te lo habías quitado caíste en cuenta que esa camiseta te marcaba mucho los pechos, y que tus pezones excitados y duritos mostraban sus formas bajo la tela con detalle. Al principio te dio un poco de apuro y te agachabas como queriendo esconder tus pechos, procurando interponer tus manos y tus brazos entre ellos y su mirada. Pero me dices que te lo pensaste mejor y que quisiste jugar un poco, quisite presumir de pechos y de pezones, quisiste disfrutar de tu cuerpo y de ser un poco zorrita y calientapollas. Miraste a un lado y a otro y pensaste que nadie sino tu amigo podía verte, de modo que te dejaste admirar. Le miraste mirar tus pechos y él se apuró, pero le sonreiste como tranquilizándole, como dándole permiso para mirar, como diciéndole que a tí también te gusta jugar. Te quedaste un momento ergida, sobre la silla con los brazos a los lados, incluso sacando un poquitín de pecho mientras él te miraba.
Cuando te excitas te entran los calores. Y te quitaste el jersey para quedarte en camiseta. Me aseguras que sólo cuando ya te lo habías quitado caíste en cuenta que esa camiseta te marcaba mucho los pechos, y que tus pezones excitados y duritos mostraban sus formas bajo la tela con detalle. Al principio te dio un poco de apuro y te agachabas como queriendo esconder tus pechos, procurando interponer tus manos y tus brazos entre ellos y su mirada. Pero me dices que te lo pensaste mejor y que quisiste jugar un poco, quisite presumir de pechos y de pezones, quisiste disfrutar de tu cuerpo y de ser un poco zorrita y calientapollas. Miraste a un lado y a otro y pensaste que nadie sino tu amigo podía verte, de modo que te dejaste admirar. Le miraste mirar tus pechos y él se apuró, pero le sonreiste como tranquilizándole, como dándole permiso para mirar, como diciéndole que a tí también te gusta jugar. Te quedaste un momento ergida, sobre la silla con los brazos a los lados, incluso sacando un poquitín de pecho mientras él te miraba.
Querías terminar ya rápidamente el postre, subir a la habitación y hacerte unos dedos a su salud.Él se levantó para salir del restaurante pasando por delante de tí y tu corazón latía con fuerza. Le regalaste una sonrisa de despedida. El deslizó una servilla de papel doblada sobre tu mesa al pasar a tu lado. Su mano rozó tu brazo desnudo. Sólo cuando te aseguraste que nadie había notado nada y que él ya se había ido, tomaste la servilla y la desdoblaste: sólo un número, el 654. Te sonreiste.
Pagaste y más tranquila subiste a tu habitación.
Tiraste el jersey sobre el sofá y te quitaste los pantalones. Retiraste la colcha y te tumbaste. Tu mano buscó tu sexo por debajo de las braguitas. Estaba muy húmedo. Te bajaste las braguitas hasta las rodillas. Llevaste tus dedos hacia tus labios, telos acariciabas con suavidad mientras sentias cómo volvían a babear.
Deslizaste un par de dedos hacia dentro y entraron con mucha facilidad: tu sexo estaba preparado para recibir eso y más.
Con la otra mano e abrías más el sexo, como para ensancharlos, mientras metías los dos dedos para sentirlos muy dentro. Mientras soñabas que no eran tus dedos lo que ocupaba tu sexo, sino la polla del chico de la 654.
Pero tu imaginabas algo más que tus dedos dentro de tí: ya ni dos, ni tres, ni cuatro dedos te resultaban suficientes para sentirte llena.
Te levas ligeramente como para ofrecerte mejor a esa polla que imaginas.
Pero ya no te ibas a conformar con unos dedos. Te levantaste, te lavaste los dientes, te pusiste unas braguitas limpias amarillas, encima los pantalones y saliste al pasillo con tus canclas de piscina. Lo pensaste mejor y volviste a entrar. Te quitaste los pantalones y te pusiste unas medias blancas hasta medio muslo, para sentirte más sexy, te miraste la espejo y te gustaste, te pusiste otra vez los vaqueros y unas playeras. Volviste a salir. Cogiste el ascensor, apretaste el número 6 y te acercaste a la 654. Mentalmente me pediste permiso y me dices que mentalmente te recordé mis condiciones (nunca con un conocido) y recibiste mi visto bueno. El caso es que tocaste. La puerta se abrió y tu amigo te ofreció su mano, le diste la tuya y sin decir palabra te metió delicadamente dentro. Se acababa de duchar y sólo se cubría con una pequeña toalla en torno a su cintura. Echaste un vistazo asu habitación. Todo estaba ordenado. Por el espejo vistesu ordenador encendido.
Cerró la puerta y sin decirte nada, te giró contra el espejo. Por detrás sentías su cuerpo pegado. Con el rostro contra el espejo te mirabas a los ojos sorprendida de tu atrevimiento. Sus manos desde tu cintura subían por debajo de la camiseta y atraparon esos pechos con los que hace bien poco le habías retado. Por el espejo viste la toallita cayendo al suelo, pero no su sexo que tuvo la delicadeza de no restregártelo todavía. Tú me mirabas a tí misma.
Sentías sus manos jugando con tus pezones excitados y te las arreglaste para deslizar una mano hacia abajo. Él te dejó libre ese brazo, seguramente pensando que querías tocarle su sexo, pero a tí no te interesaba tocárselo. Metiste una mano en tu bolsillo y sacaste el preservativo que el hotel había dejado en tu habitación. Sin mirarle, sin decirle nada, sin moverte de tu posición de pie y contra el espejo, se lo pasaste.
Mientras él se ponía tu preservativo, tú misma te llevaste las manos al botón de tu pantalón para desabrochártelo. No ibas a dejar que él te quitara el pantalón, querías hacer tú misma. No querías aparentar que pasivamente de dejabas, querías demostrar que eras tú la que activamente te ofrecías.

Tus manos parecían tranquilas, pero tú te sentías nerviosas mientras te desabrichabas el pantalón.
Te bajaste el pantalón por la cintura y ya casi desde los muslo cayó solo, sin ayuda, hasta tus tobillos. Ahora mostrabas tus medias y pensaste que fue un acierto ponértelas.
No querías desnudarte del todo, te sentías más sexy así, o al vez más protegida. Tampoco dejaste que te quitase la camiseta. Te hiciste a un lado la braguita amarilla con la mano y sin quitártela esperaste a que él terminara de colocarse la protección.
Te gustaba esa situación de pie contra el espejo, con los pantalones en los tobillos y las bragutas a una lado, tu respiración ansiosa y nerviosa, esperando el momento de la penetración, lo empañaba.
Te sentías tan zorrita que te llevaste la otra mano al culo para abrirte más y darte toda.
Él tardaba en ponerse la gomita y tú aprovechaste esos segundos pata bajarte la braguita también hasta los tobillos. Elevaste un poco el culito, no querías que te diera por el culo, y esperaste uno o dos segundos, de pronto notaste su sexo haciéndose sitio entre tus labios. Lo tuvo fácil.

Te doy la razón: no era mucho lo que pedías. Sólo una polla dura que te dejara tranquilita y te relajara antes de dormir.
Me aseguras, como disculpándote, que no fue una noche de pasión. Sólo un polvo rápido, una urgencia compartida, una masturbación a dos. Pero el caso es que te folló, o que te lo follaste, como prefieras, que tela metió hasta dentro y que tú disfrutaste cada vez que entraba en tí, cada vez más fuerte y más dentro.
Mientras le tenías dentro te celebrabas a tí misma a tu osadía, a tu atrevimiento y te besabas a través del espejo contra el que ese chico te follaba.

Su cintura golpeaba con insistencia la tuya y las medias se te calleron a los tobillos, como el pantalón. A veces en los momentos más imprevistos uno se fija en este tipo de detalles. A tí te hizo gracia que las medias te fallaran en ese momento y tenerlas en los tobillos. Pero te gustó el detalle, te excitó, te pareció como la pérdida final de toda compostura, de toda norma y eso era precisamente lo que estabas haciendo y disfrutando.

Tú te corriste rápida y muy intensamente. No te importó que tus gemidos y tus aullidos finales se oyeran desde el pasillo, gritar te hizo sentirte más zorra y lo disfrutaste más así.
El chico seguía follándote orgulloso de su éxito, pero tú querías ya terminar e irte a tu cama. De un gesto de cintura le sacaste el sexo de tu interior y te diste media arrodillándote. Con una mano le quitaste el preservativo y con la otra metiste su sexo en tu boca.

Tras una primera lametada te lo fuiste metiendo dentro.


Era bonito y sabía rico, pero tú querías terminar ya e irte, así que aceleraste la mamada. Al sentir que se corría te la sacaste de la boca, aunque unas gotas llegaron a quedar dentro, no te desagradó ni las escupiste.


Es más, le regalaste una última y cariñosa lametada.
Con una mano le ayudaste a terminar sobrela moqueta del suelo. Parte cayó sobre tu camiseta y eso, como niña contrariada, te dió rabia por tu propio descuido.
Él se sentó sobre el suelo para recuperar el aliento. Tú te levantaste y te subiste los pantalones. Desde arriba le sonreiste agradecida. Él desde el suelo te sonrió agradecido y cariñoso.
Me dices, y yo que te adoro te creo, que no sabes su nombre, ni su nacionalidad, ni si os hubiérais podido entender en algún idioma común de haber intentado intercambiarpalabra, que sólo conociste la sensacion de su sexo dentro, el color de sus ojos, el encantado de su sonrisa, al fuerza de sus brazos y el sabor de su semen.
Sin decir nada te diste media vuelta, abriste la puerta y te fuiste a tu habitación. Te quitaste el pantalón y te acostaste con tu camiseta manchada por él y tus braguitas mojadas por tí. Te quedaste dormida.
Pasaste toda a noche dando vuelta con sensaciones y sueños eróticos, recondando lo pasado y multipliando sus efectos. El despertador sonó a las 5. El avíon salía temprano. Estabas sudada, excitada y tus labios dispuestos... miraste el reloj, aunque ya sabías la hora, como pensando si te daba tiempo de una visita fugaz a la 654, de otro orgasmo de minuto, de otra locura rápida. Te reiste de tí misma y te metiste a la ducha para refrescarte. El taxi estaría esperándote en 20 minutos.
Saliste de la habitación otra vez vestida de traje de trabajo, elegante y distante. Desde el taxi echaste una última mirada al hotel en el que durante un breve tiempo, Atenea dejó salir a la zorrita que lleva dentro.
Él se sentó sobre el suelo para recuperar el aliento. Tú te levantaste y te subiste los pantalones. Desde arriba le sonreiste agradecida. Él desde el suelo te sonrió agradecido y cariñoso.
Me dices, y yo que te adoro te creo, que no sabes su nombre, ni su nacionalidad, ni si os hubiérais podido entender en algún idioma común de haber intentado intercambiarpalabra, que sólo conociste la sensacion de su sexo dentro, el color de sus ojos, el encantado de su sonrisa, al fuerza de sus brazos y el sabor de su semen.
Sin decir nada te diste media vuelta, abriste la puerta y te fuiste a tu habitación. Te quitaste el pantalón y te acostaste con tu camiseta manchada por él y tus braguitas mojadas por tí. Te quedaste dormida.
Pasaste toda a noche dando vuelta con sensaciones y sueños eróticos, recondando lo pasado y multipliando sus efectos. El despertador sonó a las 5. El avíon salía temprano. Estabas sudada, excitada y tus labios dispuestos... miraste el reloj, aunque ya sabías la hora, como pensando si te daba tiempo de una visita fugaz a la 654, de otro orgasmo de minuto, de otra locura rápida. Te reiste de tí misma y te metiste a la ducha para refrescarte. El taxi estaría esperándote en 20 minutos.
Saliste de la habitación otra vez vestida de traje de trabajo, elegante y distante. Desde el taxi echaste una última mirada al hotel en el que durante un breve tiempo, Atenea dejó salir a la zorrita que lleva dentro.
Ahora disfrutas mostrándote y a mi me gusta que lo hagas.
Y de pronto te pones salvaje y quieres que el chico que pasa por delante paseando admire algo más que la elegancia de tu collar y quieres que la humedad de tu labios transmita sin palabras el deseo de tu cuerpo.
que de pronto te recoges en tus cosas, pensativa e indiferente a quien pase o mire.